martes, 7 de febrero de 2012

Sexo, drogas y menores de edad...

Cuando se piensa en una niña de 11 años se tiene la imagen de una ‘impuber’ que escucha música de Hannah Montana, ve series de Disney con las estrellas del momento, estudia y conversa con sus amigas. También está confundida porque le gusta algún chico de la escuela o barrio. Sin embargo, tiene dudas, porque sus papás le dicen que está muy joven para tener romances.
Una realidad diferente viven los niños en el entorno de la venta de drogas.

El año pasado visité una correccional de jóvenes, entre 10 y 16 años, en Quito. Todas estaban allí por robo, venta de drogas y tenencia ilegal de armas. Clara es la que más recuerdo. Tenía 11 años y manos de niña. Sus uñas estaban pintadas de rojo y hablaba sobre sexo con propiedad. Lo que más extrañaba de su estadía allí era no poder pasar las noches de pasión con Wilmer, su pareja (de 26 años).

Clara relató que su padrastro abusó constantemente de ella desde que tenía seis. Un día terminó gustándole el sexo y desde ahí se acostaba con todos los del barrio. El esposo de su madre tenía celos y empezó a golpearla. Por eso se fue con Wilmer a vivir en un cuarto al sur de Quito.

Lo que vino luego para Clara, por recomendación del novio, fue vender drogas para sostener su independencia. A los seis meses cayó en un operativo que realizó la Policía. Wilmer huyó y no ha sabido de él.

Como el caso de Clara hay muchos. Niños deambulan en las noches y trabajan vendiendo drogas.
Es injusto es que en una ciudad se conozca que determinado sector es de libre venta de estupefacientes y nadie haga algo para evitarlo. Que exista un 'jhonny black' o un 'Miguel Pata de Palo' (nombres ficticios) que ajustician, sin piedad, a los menores. Que los padres prefieran el orgullo de tener un hijo en condiciones precarias a entregarlo a un hogar, donde recibirá cariño y respeto.