Ser refugiado excede sentirse extraño en otro territorio. Es vivir con el recuerdo de que la guerra ingresó a su vida, y se llevó la de alguien más que quería. Además debe luchar con la burocracia que requiere tener esa condición. Es decir, la renovación de papeles, la inscripción en centros educativos se complica, abrir cuentas bancarias se dificulta, sin mencionar la cara de la gente que no entiende nada al respecto.
Póngase en los zapatos de estas personas que fueron abandonados por el estado, y les tocó acudir a otro territorio, con diferente cultura y costumbres. Los refugiados no son un estorbo, sino una comunidad que debe luchar a diario, como las lesbianas, gays, bisexuales y transgénero (LGBT), por obtener sus derechos.
Ahora imagínese pertenecer a las dos comunidades. *Carlos P. nació y vivió en Bogotá. Allí estudio la primaria, secundaria y universidad, en esta última tomó las agallas para ‘salir del closeth’. En ese proceso comenzó a frecuentar discotecas gay, a las que también iban mujeres muy bonitas que salían con hombres que tenían mucha plata. Esto, porque pagaban cuentas de USD 2 000 en las discotecas y exhibían los relojes Bvlgari o Cartier que les regalaban a sus novias en las fiestas. Solo por eso, él presume que eran narcotraficantes, aunque no puede asegurarlo.
Un día de esos, su novio, con el que llevaba un año, lo llevó al lugar equivocado. Una casa de 700 mt 2 construidos con 12 cuartos, seis jacuzzis, dos piscinas y leones de bronce a la entrada. Allí hubo una fiesta, con esos hombres de plata y las mujeres bonitas que había visto antes. Un DJ tocaba, mientras por todos lados había farra, trago y estupefacientes. Para no alargar el cuento, otros hombres irrumpieron en la fiesta con disparos y los locales se defendieron. “Todo parecía una película como el padrino”.
Su novio no pudo disfrutar del espectáculo, porque recibió un disparo al iniciar el enfrentamiento. Todo acabó en cinco minutos y los intrusos abandonaron la extinta fiesta. Los dueños de la casa lamentaron mucho el hecho, pero igual le dijeron que se perdiera, porque había visto mucho. “Hermano, usted entiende, las peladas están con uno y no van a decir nada, pero ustedes no tenían nada que hacer aquí. Mejor váyase”.
Él entendió el mensaje y también que la exclusión a los gay se ve en todos los estamentos, tanto legales como ilegales. Por eso, en el 2007 viajó a Ecuador. Allí tiene una nueva vida, pero los mismos problemas de exclusión.
*(Nombre protegido).
domingo, 20 de marzo de 2011
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