Esta entrada la escribo desde un cibercafé, porque amanecí sin computadora. De hecho me levanté sin TV, lavadora, nevera… no fue un robo, sino que mi casa se inundó por una fuerte lluvia que cayó el 16 de abril en Quito.
Los que no me conocen pensarán que vivo en un lugar de alto riesgo. Es verdad, pero peligroso para el bolsillo. Vivo en un barrio bueno, porque me comí el cuento de que los triunfos también se evidencian con una casa linda, ubicada en un buen sector, en el que la seguridad es un valor agregado. Hace rato me enteré de que no tengo éxito, y con este evento de que los barrios bonitos no garantizan la seguridad, menos ante la madre tierra.
Este acontecimiento me hará empezar por tercera vez con los bolsillos dados la vuelta, como dice un amigo. Eso no es un inconveniente, porque tengo sangre judía. Soy muy trabajadora, tacaña y tengo capacidad de ahorro. No obstante, debo admitir que esta vez va a ser más difícil que las demás. Antes quedaba sin nada y ya, pero ahora me toca limpiar un desastre de dimensiones absurdas. Hay lodo en el piso, en la ropa, el agua entró por los cajones del closeth y recorrió los estantes de la cocina. Si a eso le sumamos que soy mala para las labores del hogar entenderían mi preocupación.
Al ver ese desatre me pregunté por qué debía limpiar eso, si yo no tuve la culpa. Ahí me equivoqué. Tanto usted como yo somos culpables de esta situación. Por obtener minerales, combustibles, comida que se desperdicia, etc., explotamos a la naturaleza. Ahora, ella se defiende con tsunamis, nevadas, lluvias... para demostrarnos que solo somos invitados, y debemos respetar este espacio.
Japón, Chile, Haití, Colombia y otros países conocen quien manda, yo lo leí en los periódicos, pero solo con este evento entendí que es imposible declararle la guerra a la madre tierra. O aprendemos a vivir en armonía, o perder las laptops y muebles es lo menos a lo que estamos expuestos.
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